Cartel

Posiblemente no exista afrenta más feroz que intentar arrebatar el nombre a un pueblo. Es el primer paso para invocar su olvido. Aunque tal daño entra en lo quimérico porque el nombre pervive en la memoria de sus habitantes y, a estas alturas de la película, es imposible borrarlo de todos los registros.

Se ha dado el caso de poblaciones que han sido arrasadas pero que, conservando el nombre mantienen la memoria y trascienden en la historia. Léase Medina Azaha, Oliegos o San Esteban de Corrales, cerca de Brazuelo con su animada romería. Otras muchas han perdido el nombre y, consecuentemente, su probable existencia sólo se recupera al desenterrar torques, espadas o cimientos que deben ser rebautizados en la misma frontera del olvido.

La maldad, que nunca duerme, conoce el agravio que implica atacar al nombre. Por eso, subrayando lo fácil que es hacer daño, se arma de espray y rocía con saña oscura los carteles que anuncian poblaciones para indicar el camino que debe seguir quien se dirige a ese lugar. Embadurnar el cartel de un pueblo, como dicen que han embadurnado varios en Santiago Millas, es un daño fácil de perpetrar y fiel reflejo de la mala fe de quien se detiene ante la señal aprovechando la noche para no leer el nombre que pretende condenar a lo oscuro. Manchar el cartel, en definitiva, para arrastrar el nombre del lugar al caos embrutecido de quien no sabe a dónde dirigirse.

Foto de Astorga Redacción