No es un dato estadístico, sino una simple sospecha: la muralla es la gran olvidada en las fotos turísticas de Astorga. La dupla catedral y palacio, seguidos de cerca por la fachada del ayuntamiento se llevan la palma y directa o indirectamente chupan cámara en todos los reportajes. Es esa imaginaria competición la muralla aparece en cuarto lugar subrayando la evidente falta de proporción entre tamaño y belleza, susurrando que lo más grande no necesariamente es lo más bonito. Y menos mal. Si así fuera todo lo coparía el Teleno. Pero la muralla con sus hierbajos de flores moradas, aliviaderos de agua de lluvia y de las otras resiste el tirón de piedra sobre piedra albergando lagartijas y secretos. Merece más atención y parece que están dispuestos a dársela. Posiblemente en su magnífica envergadura, en la robustez de su armadura, tenga encerrada su desgracia. Como es tan solemne, ha resistido tanto y se queja tan poco se ha reducido a la irrelevante cimentación de un paseo o el altozano para cualquier mirador, cuando no en un estorbo que aprieta como los cinturones en las bodas. La muralla merece cambiar la perspectiva y admirarla desde abajo. Con el respeto en la mirada del niño que gira el cuello ante el gigante.

Imagen: muralla de Astorga