Disparos

Si ya disparar conlleva consecuencias fatales por ser el acto previo a la muerte, disparar contra las ventanas de un colegio durante el fin de semana convierte la broma en un acto tan repelente como peligroso. No tanto por el daño ocasionado como por lo que significa. Alzar un arma frente al edificio, cargar con munición barata, apuntar a las ventanas y presionar el gatillo dibuja con trazos gordos la perturbación miserable del tirador que tras el apagado estampido disfruta al oír el tintineo de los cristales y el sordo rebote contra el plástico de las persianas. Y todo el valiente ritual frente a un colegio cerrado por ser fin de semana y con el soporte de la noche, para mayor mérito del pistolero. Así fue contra el centro de enseñanza González Álvarez que evidencia su fracaso en el supuesto de que el cazador haya sido alumno o subraya abiertamente que no hay losa más pesada que la ignorancia del necio que quiere serlo. Ya sé que un acto puntual, una gracieta estúpida. Una chiquillada que cubre el seguro por ser sólo cristales. Una tontería contra un colegio que lleva el nombre de un pedagogo cepedano que, de cruzarse con el vándalo en las tinieblas de la noche bien pudiera encaminarlo a la campaña de la vendimia propia de estos días donde hay tanta falta de manos como de espaldas que doblen, sin necesidad de disparos. Por probar otra pedagogía ante el fallo de la ordinaria.