Posiblemente no exista frontera más resbaladiza que la trazada al dedicar una fiesta al miedo, ese mecanismo vital que nos aleja de la muerte y que, visto lo visto, alcanza su plenitud en las fiestas de Halloween. Es una paradoja mortal, valga la redundancia, forzar al cuerpo para que conviva siquiera una noche con las telas de araña, los cuernos diablescos y el baile entre esqueletos en la misma puerta del más allá. Todo un año menos un día evitando la muerte para caer en sus brazos la víspera del primero de noviembre y, lo que es peor, con resaca sanguinolenta hasta la misa de difuntos o subidón de azúcar por la moda del truco o trato tan insulsa como mal traducida. Si la fiesta, por llamarla de alguna manera, fuera un magosto bien surtido de castañas raigonas con corte a navaja y una hora girando en el bombo sobre el fuego no habría quien firmase en contra por muy intelectual, rapsoda o literato que fuera. Magosto terrorífico en la casa Panero por ejemplo, o en los jardines del Palacio, o bajo la bóveda de la Ergástula, a los pies de Pedro Mato o el templete del Jardín. A nadie ofende porque asar unas castañas nunca da miedo. Pero el uso terrorífico de la casa del poeta levanta polvareda y le da una horripilante publicidad por sus connotaciones. A un precio pavoroso, evidentemente. Casi mortal.
